Falsas apariencias

En el juego de las apariencias muchas personas pierden su propia personalidad y ya no pueden distinguir entre su yo verdadero y la falsa imagen que 'venden' a los demás.

Las personas somos seres complejos y hasta contradictorios. Podemos amar y apreciar u odiar a una persona al mismo tiempo, convertirnos en individuos hipócritas frente a determinadas circunstancias o personas. Actuamos de acuerdo a nuestra conveniencia o comodidad. modelamos nuestra manera de ser en función de lo que los demás esperan de nosotros. Pero las cosas no son así por casualidad. Al cabo de los años, vivimos circunstancias en que es más sensato y conveniente disfrazar nuestro comportamiento, adecuarlo al contexto, ocultar nuestros verdaderos sentimientos, moderarnos en nuestras respuestas o amordazar nuestra espontaneidad por el bien de una supuesta convivencia armoniosa.

Pero en este juego de las apariencias muchos terminan preguntándose quiénes son en realidad. Esto sobreviene al sentir que han perdido su verdadera personalidad entre tantas mentiras y falsedades. Estas representaciones, que casi todos asumimos con naturalidad, no serán perjudiciales si mantenemos la cabeza fría y sabemos distinguir lo que pensamos, lo que hacemos y lo que somos de verdad. Conocer el juego de las apariencias puede resultar entretenido y muy instructivo, además de que aprenderemos mucho sobre el género humano y sobre nosotros mismos.

Concretar nuestras expectativas

Forma parte del aprendizaje de nuestra vida el ir conformando nuestar imagen y consolidarla hacia el exterior y hacia nosotros mismos. De la competitividad surgen las comparaciones es por eso que debemos estar seguros de nosostros mismos y del prototipo asignado. El problema surge cuando nos preguntamos si cumplimos con nuestras expectativas, si nos gustamos realmente. Por creer que si no soy ese alguien que los demás exigen no seré nada, no me querrán o no me aceptarán, podemos interiorizar esa imagen-modelo, y acabar comportándonos sin discernir si quien así actúa somos nosotros o una proyección impostada.

La trampa está en que, finalmente, esa mezcla nos resulte ajena, no sepamos quiénes somos o qué queremos ser. O que la imagen que los demás se han hecho de nosotros sea tan distinta de la realidad que surjan esos contrastes que pueden sumirnos en las dudas, o propiciar alguna crisis de identidad. La imagen que hemos fabricado nos protege de nuestro yo auténtico e impide el encuentro con él, obligándonos a vivir constantemente desde el sentir ajeno.

Una manera de actuar que en lugar de regirse por el 'yo así lo entiendo y así obro', se guía por el 'quedar a la altura de las circunstancias', de las expectativas que hemos alimentado en los demás. El qué hacer queda supeditado a lo que creo que los demás esperan que nosotros hagamos.

Nuestra propia percepción

Conceder demasiada importancia a la imagen, a cómo nos verán los demás, mina mi autoestima y propicia miedos e inseguridad, además de incidir en la pérdida de referencias sobre mí mismo. Nos aísla del mundo porque sólo permitimos que se nos conozca desde una prespectiva, la única que proyecto hacia los demás cuando me relaciono. Muchas parejas, tras convivir durante décadas, descubren que no se conocen en lo fundamental, en lo íntimo, aunque conozcan perfectamente las manías y costumbres de su cónyuge. Para proyectar nuestro verdadero yo, hemos de conocernos, atendernos, escucharnos y amarnos. Y, desde ese punto de partida, relacionarnos con los demás.

Ser yo no significa ignorar las reglas sociales que cada espacio y grupo de personas requiere. Sin dejar de ser yo, no nos mostraremos de la misma forma cuando solicitamos un trabajo, cuando vamos de compras, nos enamoramos o cenamos con amigos. Sin arrinconar la consciencia de quién soy, adoptaremos las maneras convenientes; pero siendo artífices de nuestra vida. La mejor fórmula para que nos quieran es queriendo nosotros como lo que somos: una persona auténtica, íntegra y real.

Sentirnos mejor desde nosotros mismos

- Atender a nuestros sentimientos, gustos y raciocinios, prestando atención relativa a las expectativas de los demás.

- Recordar que el derecho de vivir según pensamos y sentimos, también incluye a quienes nos rodean.

- No juzgarnos a cada momento, sino reflexionando con espíritu crítico sobre nuestras decisiones.

- Practicar la autoafirmación. Somos únicos, e irrepetibles. No copiar planteamientos ni criterios ajenos porque los nuestros también son válidos.

- Tener claro que cada decisión corresponde a un momento determinado y que podemos cambiar de opinión y de manera de actuar.

- Aceptarnos, querernos y gustarnos tal cual somos, intentando mejorar cada día.

- Ser cada uno nuestro mejor amigo, para poder llegar a ser un auténtico amigo de los demás.